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  • Tito AstudilloSarmiento

Una sociedad disfuncional…

“Es reflejo de disfunciones en una comunidad, en la que los lazos de sociabilidad y solidaridad han quedado destrozados debido a la política…” (Goffee y Jones, 1999).


Acertada definición de Goffee y Jones quienes plantean que es la cultura el eje motor de los equipos efectivos, definiendo a la cultura empresarial desde un amplio prisma: “cultura es comunidad”; y, por tanto, no es un tipo de cultura ajeno o diferente de la cultura misma, sino una forma resultante de ella.


Pero esta cultura está atravesada por dos dimensiones que la significan: la sociabilidad (capacidad individual de generación de empatía dentro de un colectivo) y la solidaridad (capacidad de adhesión circunstancial a un objetivo o meta colectiva).


Si construimos un eje cartesiano con estas dos dimensiones, tendremos un conjunto de cuadrantes: el primero: intersección de bajas sociabilidad y solidaridad, al que llamaremos comunidad fragmentada; el segundo: alta sociabilidad pero baja solidaridad, lo llamaremos comunidad conectada; al tercero de alta solidaridad y baja sociabilidad le llamaremos comunidad mercenaria; y, al cuarto, de alta sociabilidad y alta solidaridad, lo llamaremos “ideal” (Goffee y Jones, 1999).


Si Goffee y Jones sostienen en su estudio que “las comunidades empresariales no son diferentes de otras comunidades ajenas al mundo de los negocios”, podemos, entonces, licenciarnos la analogía de esta definición para extrapolarla sobre las comunidades como colectivo social y, mirarnos y evaluarnos desde una lente diferente.


Somos una comunidad fragmentada, divididos en cámaras de eco que reafirman las identidades antagónicas, hemos olvidado que nuestra naturaleza es dualidad, es decir, el mundo es el encuentro entre la realidad objetiva y la interpretación subjetiva; y que los símbolos y categorías que utilizamos para definirlo son el resultado de nuestra propia capacidad de interpretación y, por tanto, insuficientes para construir una verdad absoluta.


Somos una comunidad fragmentada, hemos pulverizado los ideales que nos convocaron en lugar de re-construirlos, olvidamos, o jamás nos contaron, que “la acción colectiva debió asumir como eje de su reflexión una noción de lo que quiere conservar, lo que quiere desterrar y lo que necesita construir, entendiendo la utopía como el motor que impulsa la transformación” (Monedero, 2014).


Nuestro reto hoy consiste en zanjar las barreras de la violencia como medio de relación sectario, para conformarnos en una ciudadanía con fines, metas y objetivos claros sobre los cuales fomentar sinergias y un diálogo empático hacia una modelo de alta sociabilidad y solidaridad.

 

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