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  • Tito AstudilloSarmiento

Cuenca cuna de intersección de las culturas...

Nos cuenta Juan Cordero, en su obra Signos de Identidad Cuencana: “sabido es que, cuando se pierde una lengua lo que más subsiste es su entonación”, aseveración que pretende un acercamiento a la razón del esdrújulo cantarino que delata nuestra identidad.


Desde Guapdondelig, pasando por Tomabamba y arribando a la Santa Ana de los Ríos, Cuenca a tejido, a través de su propia historia, un conjunto de mimetismos, sincretismos y conciliaciones que juegan al tiempo en un diálogo de tradiciones de una ciudad en la que jamás amanece porque no anochece…


Esta es mi comarca, nuestra Cuenca, cuna de la intersección de las culturas que se levantan sobre su propia historia, se nutren y reproducen en una suerte de hibridación consonante con la sinfonía de su propio progreso; así, la ancestral fiesta del solsticio de verano nos regala, desde el amanecer de la colonia, la fiesta del culto a la Eucaristía, el culto a Cristo, el Corpus Christi, que nace en el sacro ritual dentro del tempo, para recorrer luego el parque central adornado por sus dos catedrales, una colonial y la otra republicana de refinado estilo gótico.


La fiesta reta al cielo y las estrellas con su propia versión del firmamento, la pirotécnica nos regala un singular espectáculo multicolor que enciende la noche y la reta a brillar como el más hermoso cenit del verano morlaco. Entre globos, castillos y cascadas, cohetes y camaretas, una vaca loca anuncia el ritmo de la banda de pueblo que prende la fiesta y desata la alegría…


La plaza mayor viste de gala, rodeada por blancos toldos en los que se apuesta la más exquisita y extensa expresión culinaria de los dulces de temporada: leche, maní con ajonjolí, chocolate, zanahoria, coco, naranja, menta, guayaba, en formas, colores, sabores y aromas para todos los gustos y preferencias; las hostias rellenas de dulce de leche, las monjas, las roscas de viento… la repostería del Corpus es un signo de la identidad “morlaca”, aquel despectivo identitario que la historia pretendió condenar sobre los hijos de Cuenca, pero que hemos sabido llenar de nuevos contenidos y reconceptualziarlo como sinónimo de cultura y tradición.


Decía José María Astudillo Regalado: “De las fiestas tradicionales, ninguna con el color, olor y sabor del querido Septenario, el de los inciensos y chagrillos, el de las músicas y verbenas, con los braserillos nocturnos de las empanadas que olían a gloria, el campaneo de las vísperas y las famosas mesas de dulces de Corpus ofrecidas en las cuatro esquinas de la Plaza Grande…”.

La historia de Cuenca cuenta sus propios cuentos y leyendas, sus propias tradiciones, sus interpretaciones y apropiaciones, su redefinición en cada época, su espíritu indomable que se canta como dialecto morlaco, sinónimo de identidad y orgullo…



 

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