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  • Tito AstudilloSarmiento

¿Laico o Confesional?

“Para vivir en sociedad los seres humanos acuerdan un contrato social implícito” (Rousseau), a ese contrato lo denominamos Estado; luego al interior existen agentes que desarrollan relaciones, en función de objetivos (Bourdieu), el conjunto de relaciones significa algo así como un habitus; o cultura; y, dentro de esa cultura hay formas de expresión y relación; símbolos y códigos; tradiciones y costumbres; historias y leyendas; credos y mitologías.


Si, dentro de los Estados hay culturas y, un rasgo de las culturas es desarrollar sus credos, entendidos como ese conjunto de principios ideológicos de un colectivo; en tanto que, la religión, ese etimológico sentido de ligar fuertemente algo, expresa y significa las normas de comportamiento, ceremonias, formas de oración y sacrificio, con que lo humano busca aquel lazo de comunión(liga) con lo divino.


La religión, por tanto es parte del Estado, pero no le es única, ni tampoco su administradora, sus normas, usos y costumbres deben respetar el contrato social dentro del cual se desarrollan; sin embargo, la religión tiene una dimensión política construida desde la perspectiva del poder.

La religión como política, es el uso instrumental que desarrollaron Manes o Constantino, la base del gobierno de sus imperios fue, justamente, la religión, con increíbles coincidencias instrumentales.


En principio los dos crean las categorías de lo bueno y lo malo, se autosignifican bueno y descalifican lo diferente desde la categoría de lo malo, las dos establecen el miedo como la medida de militancia, el miedo al infierno, el destierro o la inquisición; las dos controlan y condicionan las formas de pensamiento y expresión, las dos manipulan la verdad revelada, las dos son constructo artificioso histórico.


Las dos se conjugan en lo instrumental y así, el cristianismo maniqueísta, si me permite la categoría explicar el argumento, pretende devolvernos a la larga noche de la teocracia y, reconstituyéndonos en Estado Confesional dictar como norma su credo.


Triste, lo que se dice triste, es la pobreza argumental de la asamblea al tratar un tema tan sensible como el aborto en caso de embarazo por violación. Sepan señores asambleístas, primero que en el genérico señores ya están contenidas las señoras y señoritas; y, segundo que la norma no transforma la cultura, la esconde, la sumerge y la condena a reproducirse en condiciones cada vez peores.


Triste, lo que se dice triste, es saber que la gran decisión de los honorables e inefables asambleístas del pisoteado aunque constitucional Estado Laico, no cambia la realidad, en nuestras calles se seguirá violando niñas que tendrán que decidir entre la maternidad en abandono o el aborto clandestino: pobreza o muerte…

 

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