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  • Tito AstudilloSarmiento

Tete

Al primer amor se le quiere más, se le quiere siempre, se le quiere desde dentro, se le quiere desde la ilusión y la inocencia, se le quiere desde la ingenuidad, se le quiere a pesar de la ausencia y la distancia, se le quiere y no importa si físicamente no está, no importa la ausencia, ya que, desde el saber que existe, se le quiere en el corazón.


El primer amor arranca desde la primera expresión de ternura, cuando, en el camino de la vida, su mirada dulce y su sonrisa fresca abraza en nosotros el tiempo en que maduro su propia capacidad de amar.


Abuela, abuelo, su presencia constante, su afable paciencia, su inagotable energía, su, a toda prueba, humor, su incondicional defensa y complicidad, siembran en nosotros la cómplice lealtad en que camina la vida.


Pero la vida camina por laberintos inciertos que nos llevan y traen por escenarios insospechados y nos confrontan con la necesidad de practicar la disciplina como expresión de amor, hoy, cuando la pandemia que enfrentamos los reclama más vulnerables e indefensos, es cuando, en acto de coherencia quererlos es cuidarlos y cuidarlos es cuidarnos desde la práctica de la distancia y el estricto cumplimiento de absolutamente todos los protocolos y medidas de prevención.


Desde El Principito, Antoine de Saint-Exupéry, nos enseña que al primer amor se le quiere más, pero a los otros se les quiere mejor, y es así porque el primero nos enseña a hacerlo y aun cuando no está más nos sigue enseñando desde las memorias que moran en el corazón y nos provocan una sonrisa, una lagrima, un suspiro…


Sonrisa, lágrima y suspiro, el amor que camina la vida y se refugia en el corazón es la ternura del amor que nos rodea en silencio y la tierna luz que, desde el interior, nos guía en el camino; porque, como dijo mi hermano, ¡mi abuela se llamó Luz y eso se hizo!

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